xix jornada niños víctimas

de la violencia, de la explotación, de la indiferencia, contra la pedofilia

3 mayo 2015

“No sabemos llorar”

Papa Francisco

 

El llanto es la manifestación visible que expresa las emociones más íntimas del hombre. Comunica la profundidad del dolor y de la alegría y es portadora de una exigencia más o menos consciente del compartir. Indica una profunda conmoción y una participación activa.

El encuentro con el llanto del otro alimenta un río de lágrimas, que desde el abismo del ser humano emerge para recorrer, a la luz del sol los senderos del ser finito que se encuentra y a veces choca contra el infinito.

Las lágrimas subrayan los pasajes más emocionantes de la propia existencia, poniendo en evidencia lo que merece la atención de quien se aproxima a leer nuestra historia personal. Crean, por lo tanto, relación, encuentro, fusión con El otro.

Ninguna lágrima será derramada en vano, pues Dios recoge las lágrimas en su odre (Salmo 56), transformándolas en un valioso tesoro. 

Lamentablemente, no queremos llorar. Nos quedamos indiferentes ante el mal que está presente en el mundo y que involucra sobretodo a los más pequeños, débiles, frágiles y afligidos. Sin indignarnos ante el rechazo que muchos oponen a la vida, reprimimos nuestras lágrimas antes de que Él pueda llegar a nuestros corazones e impregnarlos de Amor.

No sabemos llorar porque, quizá, no somos ya capaces de secarnos las lágrimas. Nuestras fragilidades nos hacen débiles y nuestros miedos impermeables a las lágrimas y al grito de dolor de los niños.

Listos a lamentarnos por cada pequeña dificultad que puede tocar nuestros intereses privados y a conmovernos por las nobles causas de los ambientalistas y animalistas, no queremos llorar por las profundas injusticias de las que con regularidad son víctimas millones de niños en todo el mundo. Una tragedia inexpresable, ante nuestros ojos que parecen no llorar más. Indiferentes y narcotizados de insensibilidad.

De las palabras del papa Francisco brota el sentido y la búsqueda de la verdad, de la justicia, de la paz, del respeto entre los hombres. Un camino desgastador que no se limita a ser una posibilidad entre varias, que no puede ser sustituido por senderos alternativos sino que señala una obligación a cambiar de dirección.

No tenemos otra elección. Vayamos más alla de la corteza del escepticismo, proyectémonos en cuerpo y alma hacia el que sufre o tiene amenazada su inocencia. Dejar de mirar o girar la mirada hacia otro lado nos convierte en cómplices y nos lleva a contribuir pasivamente a difundir la cultura del abuso y de la explotación.

El desafío a adoptar pasa también a través de itinerarios educativos capaces de estimular emociones verdaderas hacia el otro, ya que no es posible que "no seamos capaces de llorar". No es posible que la violencia, la explotación, la indiferencia y los abusos no puedan ser superados y denunciados de forma profética de modo que ya no sucedan más. Nosotros lo creemos. Por esta profunda razón continuamos esta obra amorosa y de compromiso civil y religioso. Para todos, de todos. Porque tú y yo somos ese niño que llora. 

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